La Guardia Hereje – En vivo


Ni siquiera podía sospecharlo. Era domingo. Jorge había pasado el día ahí, en casa. Con los viejos. A la tardecita, cuando el sol campeaba, cargó la pava y se sentó a esperar el agua calentar. Sacó la guitarra y la templó un rato. Húmeda y continua la luz fue menguando mientras tocaba. No era fácil componer, por eso se rompía la cabeza todos los días pensando cosas nuevas para la banda. Mucha voluntad. Y trabajo. Siempre le había gustado escribir. Tenía un estilo melancólico y burlón. Desde pibe había delirado con Julián Centeya, Onetti, Arlt y la guardia vieja del tango. También blues, rock y ácido. Un menjunje embadurnado en viajes de mochila y dedo. Eso era Jorge. Y  sus letras. Escribía en lunfardo versos nuevos y cotidianos. Que hablaban de la modernidad, de la soledad y la globalización.

El agua, a fuego lento, aun no hervía. El mate era un rito que Jorge ejercía con parsimonia y placer. Sin apuros. Dejó la guitarra sobre la mesa y volvió con un papel y una birome. No se sentía especialmente inspirado pero si algo había aprendido en el arte es que no existe el soplo divino de las musas. Todas mentiras: para escribir había que poner huevo. Y nada más. Si la inspiración venía tenía que encontrarte laburando. Claro que, si hay algún mango por lo que uno hace, la voluntad viene mejor.  Bien lo sabía desde que la banda había logrado repercusión. Y prestigio porque venían trabajando desde la sombra, lejos del circuito convencional.

El agua empezó a  bullir inquieta en la pava. Estaba lista para el mate. Jorge se levantó, llenó el termo y volvió a la mesa. No sin antes ponerle un toque de agua fría al mate para que no se quemara la yerba al servirlo. Se sentó. Cebó el primero y tomó la guitarra. Largó un Mí y recordó cuando empezó: tenía un cuaderno lleno de notas y poesía – para lo único que había servido laburar en el taxi – y se le ocurrió volcarlas en la música. Nueve años atrás. Se había comprado una guitarra y, con los pesos que le sobraron; se había pagado unas clases. Aprendió los ritmos que más le gustaban –  tango, vals y candombe – y se largó a componer. Pronto había inventado un logo, un concepto y un nombre: La Guardia Hereje. Pero claro, la banda era él – un no muy iluminado guitarrero – y con eso no daba. Entonces, consciente de lo efímero, publicó un anuncio: La Guardia Hereje busca músicos.

No pasó mucho y aparecieron. Un percusionista y dos violeros. La Guardia Hereje tornó realidad. Tango orillero de guitarras y sangre les salió. Así vistas las cosas, casi era inverosímil pensar que acababan de tocar en el Podestá. Sin embargo llevaban años recorriendo el circuito de la Plata. Circuito que, por cierto, habían ayudado a difundir con la creación del Tango criollo club: un ciclo que reunía a las bandas jóvenes del tango. Están pasando cosas. Hoy. Otra vez. Hay quienes en medio de ese caos, con un sonido acústico, moderno y joven…resucitados por una crisis que nos reinventó a todos, empiezan a asomar la cabeza, sonriendo. Se oyen vientos de cambio. Están solos, pero con un poco de silencio, podemos empezar a escucharlos; dijo Jorge cuando le preguntaron por qué el ciclo.

Mientras cebaba otro mate escuchó entrar a su viejita, venía de hacer algunas compras. Presto se levantó y le cambió las bolsas por el mate. Ella le sonrió, lo miró y le acarició la mejilla. El disco de La Guardia Hereje que estaba por salir tenía una canción que le había dedicado. Se sentaron a la mesa y apuraron unos mates. La vieja se levantó a calentar los restos del mediodía para la cena. Jorge templó la guitarra un rato más y se fue a bañar. El agua tibia, cayendo en su cabeza, se le antojó serenidad y descanso.  Se dejó caer en la bañera y recordó cuando anduvo de buscavidas allá, al otro lado del charco. Se había ido con unas pistas grabadas. Tal vez le hubiese ido bien en Europa pero, la familia, los amigos y el barrio tiraron más. Despacio y casi desapercibido, comenzó a sentir un hormigueo en el brazo izquierdo ¿se le habría adormecido? Muñequeó una y otra vez. Y nada, che. Salió de la bañera, se afeitó y se vistió. Cómodo, de entrecasa para la cena y al sobre. Fue hasta la cocina. La vieja tenía servida la comida. Se sentó y, cuando fue a dar el primer bocado, un dolor fuerte, como un desgarro; le quebró el pecho: Cayó infartado sobre la mesa. El resto es mito, leyenda y arrabal: La Guardia Hereje.

2 comentarios to “La Guardia Hereje – En vivo”

  1. facundo Says:

    mucha gracias amigo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: